Sobre el plebiscito del 25 de octubre

Gane quien gane el domingo obviamente que no será el fin del mundo y ambas opciones son plenamente democráticas. Lo que diferencia la una de la otra es la incertidumbre de los procesos que desencadena cada resultado y eso es lo que hay que tener en cuenta, a mi juicio, para decidir el voto.

La pregunta es: qué es mejor para el futuro de Chile?

Respóndala usted y hágase responsable de esa decisión ya que la historia verificará si tuvo o no tuvo razón y será usted y sus hijos y nietos los que pagarán las consecuencias de una mala decisión. Pongo como ejemplo dos decisiones populares de trascendencia que han habido en los últimos 50 años, una llevó al caos y luego a 17 años de dictadura y la otra a la plena democracia y al proceso más virtuoso (no digo perfecto, porque han habido muchos errores graves) de la historia de Chile. Me refiero a las elecciones de 1970 y al plebiscito de 1988 y posterior elección presidencial del 1990.

Decidiremos cómo en el 70 o cómo el 88? Ustedes amigos tienen la última palabra.

Santiago; octubre 2020

Me han preguntado porqué votaré rechazo en el plebiscito. He aquí mi respuesta

Antes de dar las razones por las que votaré rechazo en abril próximo quiero señalar que tanto el apruebo como el rechazo son opciones absolutamente democráticas y la que gane marcará legítimamente el camino por el cual el país marchará en el futuro.

Hasta ahora he escuchado dos razones de los partidarios del apruebo. La primera es la falta de legitimidad de origen de la actual constitución, lo que es verdad. Más allá de las modificaciones y firmas que se le han realizado en los últimos treinta años, es verdad que fue escrita en dictadura y esa es, a mi juicio una buena razón para cambiarla. La otra razón del apruebo es la idea de modificar el sistema de desarrollo y de concensuar uno nuevo. Sin embargo no está claro cuál es el sistema que ellos quieren. Los sectores más moderados hacen referencia a Australia, a Nueva Zelanda o incluso a Uruguay. Pero hay dos buenos argumentos que rebaten esta opción: (1) la constitución actual chilena no difiere, en lo sustancial, de ninguna de ellas y (2) que el desarrollo australiano y neozelandés se ha logrado debido a múltiples factores y no por los párrafos escritos en sus constituciones. Otros sectores quieren un modelo más socialista a pesar de que la experiencia de varios países ha demostrado que ese sistema de desarrollo ha fracasado y empeorado la calidad de vida de los ciudadanos, incluso poniendo en riesgo la democracia.

Pero ¿porqué yo voto rechazo?

La primera razón por la que votaré así es que no veo el aporte que una nueva constitución pueda dar al país. Aún más, cambiar una constitución que en los últimos 30 años ha llevado a Chile de ser uno de los países de la medianía de la tabla a nivel latino americano a ser indiscutiblemente el primero en prácticamente todos los índices de calidad de vida no me parece razonable. La educación, el PGB, la esperanza de vida, la mortalidad infantil, los niveles de educación terciaria, los índices de pobreza y de extrema pobreza, el sueldo mínimo, los niveles de prevención de enfermedades, la cobertura de agua potable y alcantarillado, la inflación son algunos de los índices en los cuales superamos a todos nuestros hermanos continentales. Todo esto se ha logrado con esta constitución en menos de 30 años, lo que es impresionante. A fines de los 80 estábamos lejos bajo Argentina, Venezuela y Uruguay y hoy en día hemos superado largamente a los dos primeros y estamos mejor que el último, incluso en un índice en el que nos llevaba una gran ventaja como es el educacional. Chile, con la actual constitución sacó de la pobreza a 5.000.000 de personas y de la extrema pobreza a 1.500.000. Disminuyó la desigualdad en 0,10 puntos del Gini, subió el gasto en salud en casi 30 veces y el de educación en 20. El gasto militar, en relación con el PIB ha disminuido a la mitad, los embarazos adolescentes han bajado 1/3 y la cobertura de educación superior se ha multiplicado por 10. La inflación ha disminuido desde el 22% a casi el 2% y la recaudación impositiva ha subido más de 15 veces. El ingreso del 10% más pobre ha subido un 450% y la mortalidad infantil es casi 1/3 de la que había hace 30 siendo de nivel mundial. Estas son algunas de las cifras concretas que miden el avance del país con la actual constitución desde que entró en vigor plena el año 1990. Quizás el índice más malo que tenemos es el de la desigualdad. Sin embargo éste también ha mejorado desde 0,54 al 0,45 actual, y lo que es más revelador, en las personas de menos de 40 años es significativamente mejor. Este número nos tiene en la medianía de la tabla y no en el fondo como hemos estado historicamente. Es importante señalar tambien que de los artículos constitucionales llamados “enclaves totalitarios” no queda ninguno. Por lo tanto, si el marco institucional que tenemos, además de ser absolutamente democrático, ha logrado estos récords, ¿es necesario cambiarlo? ¿es necesario reescribirlo desde una hoja en blanco? Yo creo que no. ¿Lo que señalo significa que estamos fantastico? ¿que no hay que hacer ningún cambio? claro que no. En Chile en los últimos años hemos visto una corrupción en aumento, hay abusos y situaciones que son éticamente inaceptables como las pensiones solidarias, las listas de espera hospitalarias o la segregación en las ciudades.

Pero la verdad es que no se necesita cambiar la constitución para llevar adelante una potente agenda social. Se necesita mejorar, qué duda cabe, pero sobre todo se necesitan mejores políticas públicas y menos impunidad, se necesita más control de las grandes empresas y también de los funcionarios públicos y para lograr eso solo se necesita voluntad política y no una nueva constitución.

La segunda razón por la que voy a votar rechazo es la “hoja en blanco” Todo cambio importante en la vida de una sociedad debe hacerse con moderación, poco a poco y no abruptamente como si el pasado y la experiencia no existiera. Me referiré a dos experiencias históricas que ilustran este punto. Entre el 70-73 se trató de hacer rápidos y profundos cambios sociales y económicos y el resultado fue una inflación descomunal, una pérdida de producción enorme que llevó incluso al hambre y una violencia social que terminó como todos lo sabemos, en la destrucción de la democracia y en una dictadura que duró 17 años. Si los cambios que quería el gobierno socialista hubieran sido hechos con más moderación, con más tiempo para adquirir experiencias, con mayores consensos democráticos, probablemente la situación hubiera sido muy diferente. La segunda experiencia es el Transantiago. Se hizo un cambio radical, desde una hoja en blanco se creó un sistema nuevo que fue lanzado con bombos y platillos junto a una campaña comunicacional descomunal. Se cambió toda la red de transporte público de la capital sin mediar gradualidad ni tiempo para la experiencia. El resultado fue desastroso y 13 años después seguimos pagando la cuenta, no solo en miles de millones de dólares, también en sufrimiento de los usuarios. El voluntarismo de Ricardo Lagos costó muy caro. Me pregunto ¿cuánto nos costará el voluntarismo de los políticos que quieren refundar el país? Yo me temo que mucho más caro aún. Nadie podrá negar que existe un gran riesgo de aquello.

La tercera razón por la que voy a votar rechazo es que, dada la actual división que hay en el país, junto a la violencia que se hace cotidiana es muy difícil llevar a cabo con éxito un proceso de este tipo. Las probabilidades de que salga una constitución buena, que refleje grandes acuerdos es, a mi juicio, baja. Pero hay un escenario más preocupante y es que las probabilidades de un fracaso total, o sea de que no exista acuerdo alguno y que la convención tenga que disolverse no son despreciables. Si esto sucede, es posible que el país se enfrente a una guerra civil con resultados catastróficos. Espero desde el fondo de mi corazón que esto último no suceda, pero un mínimo de sentido de realidad nos indica que existe esa posibilidad.

Finalmente, la cuarta razón por la que voto rechazo es que este proceso constituyente durará varios años, probablemente no menos de tres dada la complejidad de la tarea y eso significa que durante ese periodo las inversiones, el crecimiento y las actividades económicas se verán dañadas por la incertidumbre que el propio proceso constituyente genera, lo que significaría menos recursos, no solo para la gente y los trabajadores, también para el estado lo que se retrasará la agenda social y eso lo pagarán, una vez más, los más pobres. En resumen, las cuatro razones por las que votaré rechazo son: (1) porque la actual constitución ha sido el marco legal que ha regido en el periodo más exitoso de la historia de Chile, (2) porque una hoja en blanco representa una imprudencia que podemos pagarla muy caro. (3) porque las condiciones sociales actuales de división y violencia dificultan seriamente el dialogo necesario que requiere tan magna tarea. (4) porque el cambio constitucional abre un periodo de tiempo de inseguridad económica que retrasará la tan urgente agenda social. Estas razones, a mi juicio, tienen más peso que las que esgrime el apruebo incluso en el mejor de los ecsenarios.

Para terminar quiero señalar que en el momento que escribo estas líneas, febrero de 2020, la mayoría de la gente se inclina por el apruebo por lo que es muy probable que sea esa la opción ganadora, pero también creo que eso no me debe inhibir a publicar estas líneas. Finalmente, reitero que son legítimas tanto la alternativa rechazo como la de apruebo y que existen argumentos razonables para sostener ambas opciones, pero creo que hay mucho mejores argumentos para votar rechazo.

Febrero 2020